Todo comenzó un 15 de junio de 2021. Aquel día nos conocimos sin imaginar que la vida tenía preparado para nosotros un camino tan bonito como desafiante. Entre encuentros, despedidas, idas y venidas, Dios iba tejiendo una historia que entonces éramos incapaces de comprender.
Poco después, el 4 de agosto de 2021, decidimos dar un paso al frente y comenzar nuestra aventura juntos. Éramos dos jóvenes sin experiencia en el amor, con más preguntas que respuestas y sin saber muy bien qué significaba realmente entregarse a otra persona. Ni siquiera teníamos claro todo lo que estábamos llamados a vivir.
Nuestro noviazgo no fue sencillo. Como tantas parejas de nuestro tiempo, nos encontramos con nuestras diferencias, nuestras heridas, nuestras limitaciones y nuestros miedos. Hubo momentos de alegría inmensa, pero también momentos en los que estuvimos cerca de rendirnos. Muchas veces intentamos sostener nuestra relación únicamente con nuestras propias fuerzas, y una y otra vez descubríamos nuestra fragilidad.
Fue entonces cuando comenzamos a dar espacio a Dios en nuestra historia. Tampoco fue un camino fácil, pero poco a poco aprendimos a mirar al otro con una mirada nueva. Comprendimos que amar significaba aceptar, perdonar y acompañar. Descubrimos que quien teníamos delante no era simplemente nuestra pareja, sino un hijo de Dios, digno de ser amado como Él lo ama.
El Señor nos fue enseñando, día tras día, el verdadero significado del amor: la entrega, el perdón, la paciencia y la confianza. Y cuando nuestras fuerzas no eran suficientes, Él se encargaba de sostenernos.
En ese camino apareció también una persona fundamental para nosotros: nuestro director espiritual, Ignacio Álvarez. Su acompañamiento marcó un antes y un después en nuestro noviazgo. Siempre nos invitaba a volver la mirada a Dios, recordándonos que Él debía ser el centro de nuestra relación. Gracias a ello entendimos que la vocación al matrimonio no es una meta que se alcanza de una vez para siempre, sino una elección diaria que requiere esfuerzo, sacrificio y mucha gracia.
Con el tiempo hemos aprendido que nuestra relación no es perfecta, ni pretende serlo. Porque precisamente en nuestras imperfecciones y en nuestra debilidad hemos descubierto la acción de Dios. Allí donde nosotros no llegamos, Él completa lo que falta. Allí donde encontramos límites, Él derrama su gracia.
Hoy, más que nunca, sabemos que estamos llamados a entregarnos por completo el uno al otro. Queremos amarnos durante toda la vida, buscar siempre el bien del otro y aprender cada día a amar sin esperar nada a cambio. Nuestro corazón está puesto en el Señor, porque tenemos la certeza de que esta historia nunca ha sido solo nuestra. Ha sido, desde el principio, una historia de tres.
Sabemos que sin Él no habríamos llegado hasta aquí.
Por eso, el próximo 5 de septiembre pronunciaremos el «sí, quiero» más importante de nuestras vidas. Será un día de inmensa alegría, pero también el comienzo de una nueva etapa. Nos emociona compartirlo con todas las personas que han sido testigos de nuestro camino, que han conocido nuestras luchas, nuestras caídas y también los innumerables regalos que Dios nos ha concedido.
Porque sabemos que nuestra historia no termina ese día. En realidad, ese día comienza la gran aventura del matrimonio.
Somos conscientes de que no siempre será fácil, pero caminamos con esperanza. Confiamos en que, al recibir el sacramento del matrimonio, el Espíritu Santo derramará sobre nosotros una gracia nueva que nos ayudará a vivir nuestra vocación con fidelidad, alegría y amor.
Y así, de la mano de Dios, comenzaremos para siempre nuestro camino juntos.
«Nosotros amamos porque Él nos amó primero.»
1 Juan 4,19